martes, 29 de noviembre de 2011

La gestión del tiempo



Desaprovechamos demasiado el tiempo. Perdemos horas y horas sin hacer nada. Sentados delante del ordenador, mirando la tele, o deambulando por los pasillos de la universidad.
Cuando nos ponemos al tajo tardamos 5 minutos en buscar una excusa para interrumpir la faena, y tardamos el triple en ponernos de nuevo.
Cuando se acerca el momento de rendir cuentas de nuestro trabajo, nos ponemos nerviosos y aparece el estrés. Bueno, de hecho el estrés es constante.
Pues bien señores, reconozcamos que somos tontos, profundamente tontos.
Nos quejamos por vivir estresados, sin tiempo, y con demasiadas preocupaciones, pero las cosas son mucho más sencillas. Si nos fuésemos a dormir con la conciencia tranquila de haber hecho lo que tocaba ese día, todo lo veríamos desde otra perspectiva.
Si aprovechásemos la mitad del tiempo que desperdiciamos, unas 6 horas diarias tirando bajo, -y sin contar las horas de sueño, que muchos parece que también las desaprovechan- conseguiríamos terminar parte de nuestras tareas pendientes, y aún nos sobrarían muchas horas más para, ahora sí, disfrutar tranquilamente, relajarnos de verdad, olvidando esas preocupaciones, que por mucho que lo intentemos, no desaparecen hasta que no hemos terminado lo que nos toca.
Aprovechar el tiempo debidamente significaría poder tomarse un “break” de entre 1 y 2 horas al día, en el que poder descansar sin tener que estresarse por aquel trabajo, o aquella presentación que he de terminar. Estas 2 horas de “break” nos ayudarían mucho más de lo que nos pensamos.
Además, esto influiría también positivamente en nosotros el resto del día. Adoptaríamos un hábito de trabajo que nos permitiría disponer de un mayor número de horas para nosotros, y para estar con el resto. Nuestra actitud cambiaría notablemente. Notaríamos como el “estrés continuo” empieza a desaparecer de nuestras vidas, apareciendo solo en puntuales ocasiones otro tipo de estrés, necesario para afrontar según qué cosas.
Aprovechar el tiempo es gratis y accesible a todos.
Conseguirlo es fácil, y está al alcance de cualquiera, solo se necesita fuerza de voluntad en abundancia y ganas de empezar.

¡ADELANTE!

PD: A lo mejor el artículo está exclusivamente enfocado a los jóvenes universitarios, pero “¡eg lo que hay!”. Todos pueden aplicarse el mismo cuento.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Ser buen padre: tan difícil como necesario



Dentro de una familia no solo es importante que los padres quieran a sus hijos. Es importante también que lo sepan demostrar, que los hijos se sientan queridos. Cuantas personas, cuántos hijos, no se sienten queridos por sus padres…
Cualquiera, pensando de forma lógica, puede darse cuenta y entender que sus padres le quieren, pues suele ser raro lo contrario, pero no solo ha de creerlo, ha de sentirlo y notarlo. Pues cuando deja de sentirlo deja de creerlo.
Hay diversos factores que pueden “favorecer” esta situación. Problemas familiares, laborales, y un largo etcétera.  Sin embargo, en todos los casos de falta de afecto hacia los hijos, suele haber un factor común que provoca, o proviene de, esta situación: el orgullo. Y cuando este orgullo está muy avanzado es difícil volver atrás. Tanto para los padres como para sus hijos.
Cuando se es consciente del problema, ocasionado como ya hemos dicho principalmente por el orgullo, y no se  ponen los medios suficientes para mejorar lo que para el hijo supone un grave inconveniente, es cuando se está cometiendo una falta de caridad hacia los hijos. Y es aquí donde está lo peliagudo de la cuestión.
Arreglar esas situaciones no es fácil, nada fácil, y requiere tiempo y disposición de las dos partes a solucionar el problema. Es ante todo indispensable apartar el orgullo, germen que nos destruye lentamente.
Y para apartarlo es necesario amor, mucho amor. Pues el amor es la razón que nos lleva a renunciar al orgullo y a nosotros mismos, lo que muchas veces para nosotros es una humillación, un acto cobarde, es en realidad un acto de valentía, que dice mucho de aquellos que lo consiguen.
Y con eso volvemos a lo mismo de siempre, amor, humildad, paciencia, y caridad.
Aunque cierto es también que una parte importante de la solución del problema recae sobre nosotros, los hijos. Con amor y humildad podemos cambiar a nuestros padres.
Visto así, ¿Por qué no intentamos ser nosotros esa pieza clave en la solución de esa falta de afectividad?