Dentro de una familia
no solo es importante que los padres quieran a sus hijos. Es importante también
que lo sepan demostrar, que los hijos se sientan queridos. Cuantas personas,
cuántos hijos, no se sienten queridos por sus padres…
Cualquiera,
pensando de forma lógica, puede darse cuenta y entender que sus padres le
quieren, pues suele ser raro lo contrario, pero no solo ha de creerlo, ha de
sentirlo y notarlo. Pues cuando deja de sentirlo deja de creerlo.
Hay diversos
factores que pueden “favorecer” esta situación. Problemas familiares,
laborales, y un largo etcétera. Sin
embargo, en todos los casos de falta de afecto hacia los hijos, suele haber un
factor común que provoca, o proviene de, esta situación: el orgullo. Y cuando
este orgullo está muy avanzado es difícil volver atrás. Tanto para los padres
como para sus hijos.
Cuando se es
consciente del problema, ocasionado como ya hemos dicho principalmente por el
orgullo, y no se ponen los medios
suficientes para mejorar lo que para el hijo supone un grave inconveniente, es
cuando se está cometiendo una falta de caridad hacia los hijos. Y es aquí donde
está lo peliagudo de la cuestión.
Arreglar esas
situaciones no es fácil, nada fácil, y requiere tiempo y disposición de las dos partes a
solucionar el problema. Es ante todo indispensable apartar el orgullo, germen
que nos destruye lentamente.
Y para apartarlo es
necesario amor, mucho amor. Pues el amor es la razón que nos lleva a renunciar
al orgullo y a nosotros mismos, lo que muchas veces para nosotros es una
humillación, un acto cobarde, es en realidad un acto de valentía, que dice mucho
de aquellos que lo consiguen.
Y con eso
volvemos a lo mismo de siempre, amor, humildad, paciencia, y caridad.
Aunque cierto es
también que una parte importante de la solución del problema recae sobre
nosotros, los hijos. Con amor y humildad podemos cambiar a nuestros padres.
Visto así, ¿Por
qué no intentamos ser nosotros esa pieza clave en la solución de esa falta de
afectividad?

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